miércoles, 12 de julio de 2017

Cambiar el mundo

El sufí Bayazid dice acerca de sí mismo:

De joven yo era un revolucionario y mi oración consistía en decir a Dios: "Señor, dame fuerzas para cambiar el mundo".

A medida que fui haciéndome adulto y caí en la cuenta de que me había pasado media vida sin haber logrado cambiar a una sola alma, transformé mi oración y comencé a decir: "Señor, dame la gracia de transformar a cuantos entren en contacto conmigo. Aunque sólo sea a mi familia y a mis amigos. Con eso me doy por satisfecho".

Ahora, que soy un viejo y tengo los días contados, he empezado a comprender lo estúpido que he sido. Mi única oración es la siguiente: "Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo". Si yo hubiera orado de ese modo desde el principio, no habría malgastado mi vida.

Todo el mundo piensa en cambiar a la humanidad. Casi nadie en cambiarse a si mismo.
 
Anthony de Melo

lunes, 10 de julio de 2017

Clase de catecismo

En una parroquia había clase de catecismo cada domingo después de la misa de los niños. Unos cuantos chicos un poco mayores se propusieron reírse de los pequeños. Según iban saliendo de la clase, eligieron a uno que tenía fama de listo.
 
Uno de los matones detiene al pequeño y le pregunta, como si fuera su profesor:
 
- A ver, ¿qué habéis aprendido hoy en la clase de catecismo?
 
- Pues cosas... - dice el pequeño tratando de zafarse.
 
- ¿Qué cosas? - le apremia el mayor.
 
- Cosas sobre Dios.
 
- Conque cosas sobre Dios, ¿eh? Mira - el matón saca 50 céntimos del bolsillo -, te daré esto si me dices dónde se puede encontrar a ese señor.
 
El pequeño, que era listo y no sólo de fama, se queda mirando los 50 céntimos y, como si se le ocurriese algo de repente, saca un euro y le dice:
 
- Y yo te doy esto si me dices donde no se puede encontrar a Dios.
 
Se quedaron los bravucones sin saber qué decir. Aprovechando su aturdimiento, el peque agarró la moneda del burlón y salió corriendo con una gran sonrisa en su cara.
 
En camino con Dios, Hedwig Lewis

domingo, 9 de julio de 2017

Pensamiento divergente

En 1968, George Land realizó un estudio que comprobaba la capacidad del pensamiento divergente, la capacidad de encontrar diversas respuestas a una pregunta, buscar diferentes usos a un objeto, esto es, la creatividad, la capacidad de soñar, visualizar, de salir de un pensamiento cuadriculado y condicionado para encontrar más alternativas. Este estudio se basaba en una prueba que utilizaba la NASA para seleccionar ingenieros y científicos innovadores. Una pregunta de las que se hacían, por ejemplo, podía ser que se imaginaran todos los usos posibles y alternativos de un tenedor. El estudio de George Land se realizó a 1.600 niños de cinco años, y el protocolo de la prueba indicaba que a partir de un número determinado de respuestas era considerado como un genio creativo.
 
¿Cuál fue el porcentaje de genios creativos entre esa muestra de niños? Asombrosamente, del 98 por ciento. Lo que ese estudio demuestra es que el 98 por ciento de los niños nacen con capacidades extraordinarias para la creatividad.
 
El estudio era a largo plazo, por lo que cinco años después, cuando esos niños tenían diez años volvió a hacérseles una prueba. El resultado fue también asombroso, pero en sentido negativo, ya que tan sólo el 38 por ciento llegó a los mismos niveles que tenían a la edad de cinco años. Cuando habían cumplido quince años se repitió el test con un resultado del 12 por ciento.
 
La misma prueba se efectuó a 280.000 adultos. Los resultados reflejaron que tan sólo el 2 por ciento llegaba al nivel de genio. La conclusión es que la creatividad no se aprende, nacemos con ella. La educación actual y el entorno, en vez de aumentar nuestras capacidades, las disminuye. En los primeros años de educación, vamos adquiriendo pensamientos limitadores que nos reprimen, perdiendo nuestro potencial a una velocidad alarmante. Todo ello demuestra que hay algo que no funciona, que hay algo que está restringiendo nuestras capacidades, y que tenemos muchas cosas que cambiar.
 
Donde tus sueños te lleven, Javier Iriondo

lunes, 3 de julio de 2017

El poder de la imaginación

Érase una vez tres gusanos de seda que ignoraban su futuro como mariposas. Sus nombres eran: Pesimista, Realista e Idealista. Se les acercaba la hora de su transformación y empezaron a sentir los primeros síntomas... Su voraz apetito fue desapareciendo, su movilidad menguaba a gran velocidad y, finalmente, sintieron como el capullo les aislaba del mundo conocido, de la seguridad de lo cotidiano. En la oscuridad del misterio de su futuro, tuvieron pensamientos distintos:
 
Pesimista se dijo a sí mismo que estaba viviendo el final de su vida, y en lo más profundo de su sentir, se despidió de los buenos momentos.
 
Realista se dio ánimos diciéndose que todo aquello sería momentáneo y que, tarde o temprano, todo volvería a la normalidad.
 
Idealista sintió que, aquello que le estaba ocurriendo, podría ser la oportunidad para que se cumpliese su sueño más preciado: poder volar. Y aprovechó la oscuridad para perfeccionar sus sueños.
 
Cuando los tres capullos se abrieron, dejaron ver tres realidades iguales y distintas a la vez...
 
Pesimista era una bellísima mariposa, pero... estaba muerta... Había muerto de miedo.
 
Realista era una hermosísima mariposa, pero... a pesar de ello, empezó a arrastrarse como cuando era gusano. Con satisfacción, dio las gracias al cielo por haber podido seguir igual.
 
Idealista, nada más ver la luz del día, buscó sus alas... y al verlas, su corazón rezumó alegría, emprendió el vuelo, y dio las gracias, repartiendo su dicha por todo el bosque.
 
23 maestros de corazón, Carlos González Pérez

domingo, 11 de junio de 2017

La historia de Pedro

Un grupo de chavales de entre ocho y diez años estaba jugando un partido de fútbol. Algunos de los padres seguían atentamente el partido, hasta que un niño se acercó corriendo para jugar con los demás, pero algunos lo increparon para que abandonase el campo y les dejara seguir jugando su partido. Su madre comenzó a gritarle: "¡Pedro, ven aquí, déjales jugar!"
 
Pedro, apesadumbrado, salió del campo y se sentó en una esquina ante la vigilante mirada de su madre. Siguió el partido atentamente, viendo cómo los demás niños se divertían jugando. Iban empatados a dos, y el partido estaba a punto de finalizar.
 
No obstante, sus ansias pudieron con él, y Pedro irrumpió de nuevo en medio del campo. Su madre lo volvió a llamar para que abandonase el terreno de juego, pero, a pesar de su insistencia, Pedro no le hizo caso. Los otros niños empezaron a gritarle y a insultarle para que saliese del campo, hasta que se dieron cuenta de que Pedro era un niño con síndrome de Down.
 
En ese instante se hizo el silencio, hasta que Andrés dijo: "¡Dejadle jugar, va con nuestro equipo!". Todos aceptaron sin más. Andrés era el mejor jugador y tenía una gran influencia en el resto de sus compañeros. La madre de Pedro le preguntó si estaba seguro de lo que estaba haciendo, y Andrés le respondió con un rotundo sí.
 
Pedro comenzó a correr con sus dificultades de un lado a otro, persiguiendo el balón sin mucho éxito, si bien su cara de felicidad era absoluta. Su madre estaba nerviosa y encantada de ver que su hijo estaba disfrutando en aquellos momentos como cualquier otro niño. El partido llegó a sus últimos minutos y seguían empatados a dos tantos. De repente, el árbitro pitó un penalti a favor del equipo de Pedro. Andrés colocó el balón y se dispuso a lanzar el penalti. Sin embargo, en ese momento se acercó hasta el portero y le susurró algo al oído. Andrés volvió hacia donde estaba el balón, pero en vez de chutar se dirigió a Pedro y le preguntó: "¿Quieres tirarlo tú?"
 
Pedro comenzó a gritar y a saltar de alegría. Su madre no daba crédito a lo que estaba presenciando. Totalmente emocionada se llevó las manos a la cara, tapándose las lágrimas. Pedro se acercó al balón, chutó con toda la ilusión del mundo y tan fuerte quiso golpearlo que a punto estuvo de no darle. Cuando el portero vio hacia qué lado se dirigía la pelota, éste se tiró hacia el lado contrario y el balón entró en la portería, marcando el gol que significaba el 3 a 2. Sus compañeros comenzaron a vitorear el nombre de Pedro, celebrando el gol. Todos lo abrazaron; se convirtió en el héroe del partido. Sus compañeros y los niños del equipo contrario que se unieron al grupo, lo llevaron a hombros hasta donde se encontraba su madre. Con los brazos en alto, mirando al cielo, Pedro no dejaba de gritar emocionado: "¡He metido un gol!, ¡he metido un gol!, mamá, ¡he metido un gol y hemos ganado!". Probablemente para esa madre fue el momento mágico más conmovedor que vivió su hijo.
 
Los padres de los demás niños y todas las personas que presenciaron aquel maravillo suceso estaban en pie, aplaudiendo emocionados y orgullosos por ese gesto de bondad, de comprensión, de amor y de generosidad.
 
La madre de Pedro se acercó hasta Andrés, artífice del extraordinario gesto. La mujer no podía articular palabra. Entre lágrimas de felicidad, tan sólo pudo decir un entrecortado y emotivo: "Gracias".
 
Donde tus sueños te lleven, Javier Iriondo

sábado, 6 de mayo de 2017

Arreglar el mundo

Un buen día dejaron a un cura el cuidado de un niño durante una tarde; era un niño revoltoso como él solo. Después de un par de horas, el cura estaba desesperado porque el niño no paraba un instante y se acercaba la hora del sermón. Como tenía que hacer algo para que estuviese entretenido, mientras hojeaba una revista se le ocurrió una gran idea: arrancó una hoja de la revista en la que aparecía un mapamundi, la hizo añicos con cuidado y entregó los papelitos al niño diciendo:

- Aquí tienes un rompecabezas, es el mapa del mundo, a ver si para cuando termine el sermón lo tienes montado.

El cura fue a cambiarse convencido de que el pequeño tendría para unas horas, si es que alguna vez llegaba a terminar el puzle. El niño miró los trozos de lo que parecía una misión imposible, "arreglar el mundo". Como los niños son curiosos, se fijó en el reverso de uno de los trozos y vio que era la cara de una persona. Entonces dio la vuelta a todos los trozos. Cogió una hoja y sobre ella comenzó a ensamblar aquel rostro desconocido. Cinco minutos más tarde, la cara estaba perfectamente montada, así que puso otra hoja encima del rostro y le dio la vuelta.

En ese momento el cura regresó ya preparado para ir a dar su sermón; tan sólo habían pasado cinco minutos cuando el niño, orgulloso, le mostró el mapamundi recompuesto. El párroco, sorprendido, no daba crédito a sus ojos y le preguntó:

- Pero ¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo has arreglado el mundo?

A lo que el ingenioso niño respondió:

- No, yo no he arreglado el mundo, eso era muy difícil, pero vi que detrás había una persona y cuando la persona estuvo bien, el mundo también lo estuvo.
 

Ése fue el sermón que dio el cura aquel día: "Cuando tú estás bien, el mundo está bien", cuando tú estás bien, el mundo parece estar mejor. Por eso tienes que invertir en ti, para crecer, aprender y comprender, porque cuando te sientes bien emocionalmente, te sientes fuerte, con la capacidad para pasar a la acción, te sientes más seguro ante las situaciones a las cuales has de enfrentarte y más optimista de cara al futuro.
 
Donde tus sueños te lleven, Javier Iriondo

lunes, 1 de mayo de 2017

El paraíso

Era un pueblecito pobre y pequeño en Polonia. Y era feo. Y lo que lo hacía pobre y feo eran sus habitantes, no porque fueran gentes sin dinero y sin letras, sino porque eran personas con envidia y con rencor. No eran infelices por lo que les faltaba, sino por lo que tenían en exceso. El resentimiento y el odio podían palparse en el aire.
 
A las afueras del pueblo vivía una persona a quien todos respetaban por su cultura, su riqueza y su piedad.
 
Un día una decena de los hombres más representativos del pueblo se quedaron boquiabiertos al recibir una invitación inesperada: "El señor Reb Isaac agradecería la presencia del señor (nombre de cada uno) en su mansión a las seis de la tarde del próximo martes, donde habrá una cena digna del paraíso".
 
La expectación crecía según se iba acercando el martes, y no sólo entre los invitados sino entre todos los demás habitantes, que no podían disimular su envidia.
 
¡Ser invitado a la casa del señor Isaac! ¡Y para una cena digna del paraíso!
 
Cuando el reloj de la torre daba las seis, todos estaban ya a la puerta de la mansión con sus mejores atuendos. Sus ojos se detenían codiciosamente en cuanto veían: cuadros, muebles, el servicio, los detalles, y por fin reposaron en la mesa ya preparada. La porcelana, la vajilla de plata, los vasos y copas de cristal labrado.
 
Reb Isaac entró y les invitó a sentarse. Uno de los criados puso delante de él un pan sobre el que echó la bendición judía. Al señor Reb le sirvieron un tazón humeante lleno de sopa... pero no trajeron nada a los invitados.
 
El señor Reb comenzó a tomar la sopa saboreándola con evidente fruición.
 
- No recuerdo haber tomado nunca una sopa tan sabrosa.
 
Los invitados estaban perplejos. ¿Por qué nadie les servía a ellos? Su perplejidad se convirtió en enojo cuando un plato de jugoso cocido fue servido solamente al amo de la casa, que no podía ocultar su placer y continuaba ponderando el sabor de la comida. La irritación se hizo palpable. Finalmente, uno de los huéspedes no pudo contenerse más y le espetó.
 
- Perdóneme usted, señor Reb, pero no puedo comprender lo que pasa aquí. ¿Nos ha invitado para reírse de nosotros? Recibimos una invitación a una cena digna del paraíso, pero aquí usted es el único que la disfruta.
 
Reb Isaac hizo su plato a un lado y, sonriendo, comenzó a explicarles:
 
- ¿Creéis que el paraíso es algún famoso restaurante donde uno va a comer y beber humillando a sus vecinos? No, el paraíso es un lugar donde cada uno se complace en la felicidad de los demás. Paraíso es el lugar donde todos comprenden que lo que realmente tiene valor en la vida es tan abundante que hay suficiente para todos, y no hay ninguna necesidad de pelearse para arrebatarlo a los demás.
 
Cuando a la gente buena le pasan cosas malas, Harold S. Kushner