lunes, 3 de julio de 2017

El poder de la imaginación

Érase una vez tres gusanos de seda que ignoraban su futuro como mariposas. Sus nombres eran: Pesimista, Realista e Idealista. Se les acercaba la hora de su transformación y empezaron a sentir los primeros síntomas... Su voraz apetito fue desapareciendo, su movilidad menguaba a gran velocidad y, finalmente, sintieron como el capullo les aislaba del mundo conocido, de la seguridad de lo cotidiano. En la oscuridad del misterio de su futuro, tuvieron pensamientos distintos:
 
Pesimista se dijo a sí mismo que estaba viviendo el final de su vida, y en lo más profundo de su sentir, se despidió de los buenos momentos.
 
Realista se dio ánimos diciéndose que todo aquello sería momentáneo y que, tarde o temprano, todo volvería a la normalidad.
 
Idealista sintió que, aquello que le estaba ocurriendo, podría ser la oportunidad para que se cumpliese su sueño más preciado: poder volar. Y aprovechó la oscuridad para perfeccionar sus sueños.
 
Cuando los tres capullos se abrieron, dejaron ver tres realidades iguales y distintas a la vez...
 
Pesimista era una bellísima mariposa, pero... estaba muerta... Había muerto de miedo.
 
Realista era una hermosísima mariposa, pero... a pesar de ello, empezó a arrastrarse como cuando era gusano. Con satisfacción, dio las gracias al cielo por haber podido seguir igual.
 
Idealista, nada más ver la luz del día, buscó sus alas... y al verlas, su corazón rezumó alegría, emprendió el vuelo, y dio las gracias, repartiendo su dicha por todo el bosque.
 
23 maestros de corazón, Carlos González Pérez

domingo, 11 de junio de 2017

La historia de Pedro

Un grupo de chavales de entre ocho y diez años estaba jugando un partido de fútbol. Algunos de los padres seguían atentamente el partido, hasta que un niño se acercó corriendo para jugar con los demás, pero algunos lo increparon para que abandonase el campo y les dejara seguir jugando su partido. Su madre comenzó a gritarle: "¡Pedro, ven aquí, déjales jugar!"
 
Pedro, apesadumbrado, salió del campo y se sentó en una esquina ante la vigilante mirada de su madre. Siguió el partido atentamente, viendo cómo los demás niños se divertían jugando. Iban empatados a dos, y el partido estaba a punto de finalizar.
 
No obstante, sus ansias pudieron con él, y Pedro irrumpió de nuevo en medio del campo. Su madre lo volvió a llamar para que abandonase el terreno de juego, pero, a pesar de su insistencia, Pedro no le hizo caso. Los otros niños empezaron a gritarle y a insultarle para que saliese del campo, hasta que se dieron cuenta de que Pedro era un niño con síndrome de Down.
 
En ese instante se hizo el silencio, hasta que Andrés dijo: "¡Dejadle jugar, va con nuestro equipo!". Todos aceptaron sin más. Andrés era el mejor jugador y tenía una gran influencia en el resto de sus compañeros. La madre de Pedro le preguntó si estaba seguro de lo que estaba haciendo, y Andrés le respondió con un rotundo sí.
 
Pedro comenzó a correr con sus dificultades de un lado a otro, persiguiendo el balón sin mucho éxito, si bien su cara de felicidad era absoluta. Su madre estaba nerviosa y encantada de ver que su hijo estaba disfrutando en aquellos momentos como cualquier otro niño. El partido llegó a sus últimos minutos y seguían empatados a dos tantos. De repente, el árbitro pitó un penalti a favor del equipo de Pedro. Andrés colocó el balón y se dispuso a lanzar el penalti. Sin embargo, en ese momento se acercó hasta el portero y le susurró algo al oído. Andrés volvió hacia donde estaba el balón, pero en vez de chutar se dirigió a Pedro y le preguntó: "¿Quieres tirarlo tú?"
 
Pedro comenzó a gritar y a saltar de alegría. Su madre no daba crédito a lo que estaba presenciando. Totalmente emocionada se llevó las manos a la cara, tapándose las lágrimas. Pedro se acercó al balón, chutó con toda la ilusión del mundo y tan fuerte quiso golpearlo que a punto estuvo de no darle. Cuando el portero vio hacia qué lado se dirigía la pelota, éste se tiró hacia el lado contrario y el balón entró en la portería, marcando el gol que significaba el 3 a 2. Sus compañeros comenzaron a vitorear el nombre de Pedro, celebrando el gol. Todos lo abrazaron; se convirtió en el héroe del partido. Sus compañeros y los niños del equipo contrario que se unieron al grupo, lo llevaron a hombros hasta donde se encontraba su madre. Con los brazos en alto, mirando al cielo, Pedro no dejaba de gritar emocionado: "¡He metido un gol!, ¡he metido un gol!, mamá, ¡he metido un gol y hemos ganado!". Probablemente para esa madre fue el momento mágico más conmovedor que vivió su hijo.
 
Los padres de los demás niños y todas las personas que presenciaron aquel maravillo suceso estaban en pie, aplaudiendo emocionados y orgullosos por ese gesto de bondad, de comprensión, de amor y de generosidad.
 
La madre de Pedro se acercó hasta Andrés, artífice del extraordinario gesto. La mujer no podía articular palabra. Entre lágrimas de felicidad, tan sólo pudo decir un entrecortado y emotivo: "Gracias".
 
Donde tus sueños te lleven, Javier Iriondo

sábado, 6 de mayo de 2017

Arreglar el mundo

Un buen día dejaron a un cura el cuidado de un niño durante una tarde; era un niño revoltoso como él solo. Después de un par de horas, el cura estaba desesperado porque el niño no paraba un instante y se acercaba la hora del sermón. Como tenía que hacer algo para que estuviese entretenido, mientras hojeaba una revista se le ocurrió una gran idea: arrancó una hoja de la revista en la que aparecía un mapamundi, la hizo añicos con cuidado y entregó los papelitos al niño diciendo:

- Aquí tienes un rompecabezas, es el mapa del mundo, a ver si para cuando termine el sermón lo tienes montado.

El cura fue a cambiarse convencido de que el pequeño tendría para unas horas, si es que alguna vez llegaba a terminar el puzle. El niño miró los trozos de lo que parecía una misión imposible, "arreglar el mundo". Como los niños son curiosos, se fijó en el reverso de uno de los trozos y vio que era la cara de una persona. Entonces dio la vuelta a todos los trozos. Cogió una hoja y sobre ella comenzó a ensamblar aquel rostro desconocido. Cinco minutos más tarde, la cara estaba perfectamente montada, así que puso otra hoja encima del rostro y le dio la vuelta.

En ese momento el cura regresó ya preparado para ir a dar su sermón; tan sólo habían pasado cinco minutos cuando el niño, orgulloso, le mostró el mapamundi recompuesto. El párroco, sorprendido, no daba crédito a sus ojos y le preguntó:

- Pero ¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo has arreglado el mundo?

A lo que el ingenioso niño respondió:

- No, yo no he arreglado el mundo, eso era muy difícil, pero vi que detrás había una persona y cuando la persona estuvo bien, el mundo también lo estuvo.
 

Ése fue el sermón que dio el cura aquel día: "Cuando tú estás bien, el mundo está bien", cuando tú estás bien, el mundo parece estar mejor. Por eso tienes que invertir en ti, para crecer, aprender y comprender, porque cuando te sientes bien emocionalmente, te sientes fuerte, con la capacidad para pasar a la acción, te sientes más seguro ante las situaciones a las cuales has de enfrentarte y más optimista de cara al futuro.
 
Donde tus sueños te lleven, Javier Iriondo

lunes, 1 de mayo de 2017

El paraíso

Era un pueblecito pobre y pequeño en Polonia. Y era feo. Y lo que lo hacía pobre y feo eran sus habitantes, no porque fueran gentes sin dinero y sin letras, sino porque eran personas con envidia y con rencor. No eran infelices por lo que les faltaba, sino por lo que tenían en exceso. El resentimiento y el odio podían palparse en el aire.
 
A las afueras del pueblo vivía una persona a quien todos respetaban por su cultura, su riqueza y su piedad.
 
Un día una decena de los hombres más representativos del pueblo se quedaron boquiabiertos al recibir una invitación inesperada: "El señor Reb Isaac agradecería la presencia del señor (nombre de cada uno) en su mansión a las seis de la tarde del próximo martes, donde habrá una cena digna del paraíso".
 
La expectación crecía según se iba acercando el martes, y no sólo entre los invitados sino entre todos los demás habitantes, que no podían disimular su envidia.
 
¡Ser invitado a la casa del señor Isaac! ¡Y para una cena digna del paraíso!
 
Cuando el reloj de la torre daba las seis, todos estaban ya a la puerta de la mansión con sus mejores atuendos. Sus ojos se detenían codiciosamente en cuanto veían: cuadros, muebles, el servicio, los detalles, y por fin reposaron en la mesa ya preparada. La porcelana, la vajilla de plata, los vasos y copas de cristal labrado.
 
Reb Isaac entró y les invitó a sentarse. Uno de los criados puso delante de él un pan sobre el que echó la bendición judía. Al señor Reb le sirvieron un tazón humeante lleno de sopa... pero no trajeron nada a los invitados.
 
El señor Reb comenzó a tomar la sopa saboreándola con evidente fruición.
 
- No recuerdo haber tomado nunca una sopa tan sabrosa.
 
Los invitados estaban perplejos. ¿Por qué nadie les servía a ellos? Su perplejidad se convirtió en enojo cuando un plato de jugoso cocido fue servido solamente al amo de la casa, que no podía ocultar su placer y continuaba ponderando el sabor de la comida. La irritación se hizo palpable. Finalmente, uno de los huéspedes no pudo contenerse más y le espetó.
 
- Perdóneme usted, señor Reb, pero no puedo comprender lo que pasa aquí. ¿Nos ha invitado para reírse de nosotros? Recibimos una invitación a una cena digna del paraíso, pero aquí usted es el único que la disfruta.
 
Reb Isaac hizo su plato a un lado y, sonriendo, comenzó a explicarles:
 
- ¿Creéis que el paraíso es algún famoso restaurante donde uno va a comer y beber humillando a sus vecinos? No, el paraíso es un lugar donde cada uno se complace en la felicidad de los demás. Paraíso es el lugar donde todos comprenden que lo que realmente tiene valor en la vida es tan abundante que hay suficiente para todos, y no hay ninguna necesidad de pelearse para arrebatarlo a los demás.
 
Cuando a la gente buena le pasan cosas malas, Harold S. Kushner

domingo, 30 de abril de 2017

Keya y el águila

En una antigua tribu india, un viejo chamán envió a las altas montañas a un joven introvertido llamado Keya con el encargo de buscar un nido de águilas. No debía regresar hasta que pudiese volver con un huevo de águila. El chamán sabía que Keya era un joven inteligente y que tenía un gran corazón, pero por algún motivo era algo distinto, y los demás se burlaban de él. Keya había ido perdiendo su confianza y en muchas ocasiones no se atrevía a hacer las cosas que los demás hacían. Se preocupaba demasiado por lo que los otros pudiesen pensar y esos miedos lo paralizaban.
 
Tras varios días de búsqueda, por fin Keya encontró un nido de águilas y pudo hacerse con el huevo que le había ordenado buscar el chamán.
 
Tras su regreso, el sabio chamán puso el huevo en el corral para que una gallina lo incubase con los demás huevos. En pocos días, los huevos se abrieron, pero el águila estaba rodeada de pequeños pollitos y obviamente creyó que era un pequeño pollito más. Pronto, por su aspecto diferente, los demás pollitos comenzaron a burlarse de ella; los pollitos eran preciosos y se movían con gracia y rapidez, y el águila, convencida de ser un pollito, se sentía fea y torpe. Las burlas eran constantes, lo que hizo mella en su confianza y que creciera llena de inseguridades, pensando que no era lo suficientemente buena o inteligente, que no era como los demás. No se sentía integrada ni aceptada.
 
El águila comenzó a crecer y cada vez fue más fuerte y esbelta, pero las ya crecidas gallinas seguían despreciándola por ser diferente, por no ser como las demás. El águila seguía picoteando el suelo, comiendo y comportándose como siempre habían hecho ellas. Era lo que había aprendido y ésa era su realidad.
 
La insatisfacción y el vacío seguían creciendo en su interior. Sentía que le faltaba algo, que su destino no podía ser pasarse la vida picoteando el suelo en aquel pequeño corral. Sentía que tenía que haber algo más.
 
El chamán mostró el comportamiento del águila al joven Keya, el cual sufría al ver a la majestuosa águila picoteando el suelo como una gallina. Fue él quien trajo aquel huevo, sus almas estaban unidas, por ello se sentía identificado con el águila.
 
Pero un día, una extraordinaria águila sobrevoló una y otra vez el poblado. Las gallinas corrieron despavoridas a esconderse. Sin embargo, la joven águila quedó inmóvil, magnetizada al ver aquel maravilloso ser volando y surcando los cielos con majestuosidad. Las demás gallinas le gritaron sin cesar que se escondiera, pero ella permaneció inmóvil ante el momento más conmovedor de su vida.
 
Entonces, aquella extraordinaria águila desapareció de los cielos y la joven águila comenzó a gritar: "¡Yo quiero hacer eso, yo quiero volar, tengo que intentarlo, yo quiero volar!". En ese momento, pasado el peligro, todas las gallinas salieron de su escondite y comenzaron a reírse y a burlarse diciéndole: "Pero si tú eres una gallina, no te hagas ilusiones, tú no puedes volar, ¿es que crees que tú eres especial, te crees mejor que nosotras? Deja de soñar y pon los pies en el suelo".
 
El águila se resignó, agachó la cabeza y dejó que las demás le robaran sus sueños. No obstante, algo ocurrió en su interior. El chamán observó todo lo sucedido junto con el joven indio, que sufría al ver al águila así.
 
Entonces, el chamán le dijo a Keya: "Ha llegado la hora". Entró en el corral, puso una capucha al águila, la tomó en sus brazos y comenzó a caminar junto al joven.
 
Tras varias horas de largo camino, ambos llegaron a un conocido y respetado lugar por la tribu. Era el lugar en donde se descubría el verdadero valor de los guerreros, un impresionante acantilado con las profundas aguas de un río al fondo. Eran muy pocos los que se atrevían a realizar el peligroso salto y no todos lo habían logrado.
 
Se sentaron al borde del impresionante acantilado, las vistas eran espectaculares, era como estar sentado a la entrada del cielo. En ese momento, el chamán puso el águila, aún encapuchada, en manos de Keya.
 
- Tú y esta águila, estáis unidos en el alma, los dos sois muy especiales, ambos habéis sufrido el mismo mal, los dos habéis escuchado las mismas cosas durante demasiado tiempo, os han atado las alas, han encadenado vuestras esperanzas e ilusiones, os han querido robar vuestros sueños. Hasta ahora, tú has vivido preocupado e influenciado por las opiniones de los demás. A ambos os han inculcado miedos y limitaciones irreales, si bien ambos teníais la grandeza en vuestro interior, el potencial y la capacidad para liberaros de las cadenas de las dudas y volar libres de miedos hacia un nuevo y glorioso horizonte. Para ambos ha llegado la hora de dar el salto de la liberación, el momento de romper las cadenas de todos los miedos y volar libres.
 
Nunca antes Keya se había acercado al acantilado, Había escuchado muchas historias al respecto y sabía que eran muy pocos los que se aventuraban a dar el gran salto. Aquellos que lo lograban eran considerados héroes y grandes guerreros por su valentía, y eran admirados y respetados por todos.
 
- Ahora quiero que te pongas en pie, yo quitaré la capucha al águila y en ese momento darás un salto y soltarás al águila al mismo tiempo. Vuestras almas se unirán en ese instante y los dos volaréis libres para siempre.
 
Keya sintió algo muy especial. Sintió que era su momento. Las palabras del chamán encendieron algo en su interior. Confió plenamente en él, se puso en pie, con el alma en un puño y el corazón latiendo como jamás antes lo había hecho, respiró profundamente, elevó el águila en sus manos y dio el paso más importante de su vida. Saltó gritando en una especie de liberación, empujando el águila hacia el cielo, y mientras Keya volaba hacia su libertad pudo ver cómo el águila, al mismo tiempo, batía sus majestuosas alas volando por primera vez.
 
Keya cayó a las profundas aguas limpiamente y, al emerger a la superficie, lanzó un grito que atravesó todos los valles: el grito de la libertad y la liberación de todos sus miedos. Sus límites y sus falsas creencias quedaron en el fondo del río. En ese momento dejó de ser el joven inseguro para convertirse en un gran hombre que atravesó la barrera de las dudas, los límites y los miedos. Se conquistó a sí mismo. Alzó la vista. Su pecho y el del águila se llenaron de orgullo y alegría, admirando a su alma gemela surcar el cielo, convirtiendo ambos su sueño en realidad.
 
Donde tus sueños te lleven, Javier Iriondo

sábado, 29 de abril de 2017

El secreto de los Stradivarius

Los violines construidos en el taller de Stradivari (los conocidos como Stradivarius) son considerados los mejores. Se han realizado intentos por construir otros nuevos que lograran al menos el mismo nivel de excelencia, y ello ha obligado a estudiar en profundidad estas joyas. Se ha especulado sobre si el "secreto" de los Stradivari estriba en los barnices empleados, en el secado o, simplemente, en la alta competencia de los artesanos que participaron en su construcción guiados por el genio de Stradivari.
 
Recientemente, el luthier y bioquímico Joseph Nagyvary ha expuesto una teoría interesante al respecto. Nagyvary ha viajado por el norte de Italia y se ha percatado de que los muebles de la época de Stradivari están atacados de carcoma excepto los de Cremona, ciudad en la que Stradivari tenía su taller. Nagyvary supo que los artesanos que trabajaban la madera, incluido Stradivari, utilizaban un insecticida llamado "sal de gemas" que les era proporcionado por el boticario local. Este producto actuaba cristalizando la madera, lo cual revertía directamente en la mejora de la calidad acústica de ésta. Prácticamente coincidiendo con la muerte de Stradivari los luthiers cambiaron de insecticida.
 
Historias curiosas de la música, Lawrence Lindt

domingo, 23 de abril de 2017

¿Quién soy yo?

Soy energía, soy bondad, soy una persona con la capacidad de cambiar para adaptarme a las distintas situaciones de la vida. Soy quien creó mi propia realidad a través de mi mente. Soy un alumno eterno. Busco hacer el bien y ayudar e influir de manera positiva en todas las personas que pueda. Soy el responsable de mis pensamientos y de mis emociones. Soy un ser espiritual, estoy conectado con un todo, soy un soñador y soy el escritor de la historia de mi vida.
 
Donde tus sueños te lleven, Javier Iriondo